En los últimos años, la Dirección General de Tráfico (DGT) ha explorado fórmulas innovadoras para mejorar la seguridad vial. Entre campañas impactantes y controles más estrictos, ha surgido un experimento peculiar: la Línea Verde. Esta franja de color, que acompaña el borde de ciertas carreteras españolas, no es un simple adorno. Es un recurso psicológico diseñado para engañar a nuestra percepción y, en teoría, reducir la velocidad de los vehículos sin que los conductores sean plenamente conscientes de ello.
El concepto, importado de países nórdicos, plantea preguntas fascinantes sobre cómo interactuamos con el entorno vial. ¿Puede un cambio aparentemente mínimo en el paisaje de la carretera influir en nuestro comportamiento al volante? ¿O se trata de otro intento bienintencionado pero ineficaz por parte de la DGT? En este artículo profundizaremos en los detalles de una medida que podría extenderse por toda España.
4DGT: los límites de la psicología vial
A pesar del entusiasmo inicial, la Línea Verde no es una solución mágica. Varios factores limitan su efectividad. En condiciones de lluvia o niebla, el contraste visual disminuye considerablemente, reduciendo el impacto psicológico. Los motoristas, cuya percepción de la carretera difiere notablemente de los automovilistas, apenas se ven afectados por la medida.
Además, existe el riesgo de que los conductores compensen la reducción de velocidad en los tramos con Línea Verde acelerando más en las secciones siguientes. Este fenómeno, conocido como «efecto rebote», ha sido observado en otras intervenciones de seguridad vial y podría estar minando parte del beneficio potencial de la medida.